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El metro de Madrid...y aquí no está mi abuela Pepi


Yo no sé si ustedes utilizan el metro de Madrid, y no vale a cualquier hora, no, yo me refiero a las
ocho de la mañana, hora punta. Yo sí tengo ese privilegio y no se lo recomiendo, es toda una
experiencia.
Cada mañana llego a la universidad con cara de pocos amigos...no sé por qué! Total tan sólo es una
parada...
Nada más comienzo a bajar por las escaleras mecánicas, las piernas me empiezan a temblar y la
mandíbula se me tensa, y es que ver siete u ocho filas de personas todas de pie, serias, que llenan
TODO el andén, de principio a fin, de verdad, intimida.
Pero por si eso fuera poco, cuando voy a poner el pie en “suelo firme” toda esa gente que parecía
maniquíes sacados del escaparate de alguna tienda, no por los modelitos que llevan (que también),
sino por lo quietos que estaban, plaffff! Giran la cabeza y clavan sus ojos en mí, un movimiento
rápido, decidido,....vamos como sacado de una película de miedo. Ahí empieza mi pesadilla.
Yo, acojonada, agacho la mirada y me coloco la última, sí, la última, porque intenta meterte entre la
gente, ¡no hay huevos! Son peores que las puertas automáticas de los supermercados, antes de que
des un paso para meterte en el único hueco de la última fila del final de la estación, ya se han
apretujado más entre ellos.
Todo esto ocurre mientras lees en un panel : “El próximo tren llegará en 02 min”, luego: “El
próximo tren llegará en 01 min”, en este mismo instante la tensión como ya se imaginarán crece. Y
por fin: “El tren está efectuando su entrada en la estación”.
Llegó el momento tan ansiado. Lo que viene a continuación es peor que la entrada al concierto de
tu grupo favorito o que el primer día de rebajas del Corte Inglés, la gente, que os recuerdo, estaba
dispuesta en filas ordenadas, como si estuviera mandado, empieza a dar pasos hacia delante y a los
lados, y se van agrupando para intentar colocarse en las diferentes puertas, todos a la vez, al mismo
tiempo vamos. Conforme el tren va frenando, llega la importante decisión “¿cuál puerta me pilla
más cerca?”, entonces como en las procesiones de semana santa, van un pasito a la derecha o un
pasito a la izquierda, todo esto muy rápido, para ser el primero claro.
Yo sigo quieta y observando que el tren no es que esté lleno, no, es que está a rebosar de gente y lo
sé porque sólo puedo ver alguna mano, alguna cara pegada al cristal de la ventana,... Por dentro me
río y me digo a mi misma “Os fastidiáis, ahora no podéis entrar”. Toca esperar al siguiente. Todos
vuelven a sus posiciones y el proceso se vuelve a repetir: caras serias, todos en posición de
ataque( tipo rottweiller),.... Llega el tren y esta vez parece que sí que vamos a poder meternos, lo
único que tienes que hacer es un tetris mental de los cuerpos que hay y cómo podrían encajar tus
extremidades en cada hueco libre, ¡todo un desafío! Ah!Y busca una barra para aferrarte a ella como
si fuera lo último que vas a hacer en tu vida, es por tu bien.
De todo este viaje, lo que más disfruto es del momento de cierre de las puertas del tren: te aconsejo
que saques la cabeza para coger aire puro y limpio, y suficiente como para aguantar hasta la
siguiente parada. ¿Se lo imaginan? Yo lo hago todos los días. Y ¿por qué? Muy sencillo, la gente
suda por todas partes: frente, axilas, espalda,...y eso no sólo lo ves,sino que además lo hueles.
El ave no tiene nada que hacer ante tanta comodidad y “tan sólo” por 1.5 euros.
Ya por fin llegas a tu destino, sales del metro a empujones lo normal, y atento, porque si te
descuidas y no miras al suelo puedes meter el pie en el hueco que hay entre el andén y el tren, esto
de viajar en metro es todo un riesgo!
Ha conseguido pasar la prueba, ya es inmune a todo lo que venga. ¡Que pase un buen día! Y no se
olvide de coger todos los folletos y periódicos que le reparten a la salida, porque las 10 personas
con las que te encuentras al subir las escaleras desesperadas, tendiendo la mano a una velocidad
inalcanzable hacia la derecha y la izquierda, no están ahí por amor a madrugar, son repartidores de
publicidad, y están locos por irse de ahí.

Comentarios

  1. Esos transportes, Dios mío en todos lados son iguales. No queda otra más que tener paciencia y utilizarlos lo menos posible. Abrazos Martha.

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  2. Poco a poco aprenderás a moverte entre tal mar de gente. Ten paciencia.

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